Y
SE ME DEJO LLEVAR…
Convivir cada
día con esa espina dentro de mí supone un gran esfuerzo. Lloro. ¡Sí!, lloro. Confirmo
que lloro. ¿Qué paso antes? No muy lejos de mí esta el dolor. Él y yo unidos. Me
pregunto por qué somos inseparables. ¿Por qué cuando siento esa sensación en mi
estómago me hace ver que algo está mal? ¿Por qué continúa cada día y me
recuerda que esto será para siempre? ¿Por qué no confiar que los síntomas sólo
serán pasajeros? Quién me pueda decir el porqué estaré dispuesta a escuchar.
Pero, nadie puede. Nadie lo sabe. Y cuando digo nadie, es literalmente, nadie. ¡Y
cuántas veces he tenido que calmar mi propia ansiedad!
Allí, donde voy
él me sigue, pero nadie lo puede ver. Afirmo que lo oculto. Así, pasa desapercibido
ante los ojos de los demás. El dolor está constantemente acompañándome. Aunque no
lo puedo ignorar, con el paso del tiempo, he aprendido a inhibirlo.
Este malestar
no puede paralizarme. Ya no puede. Me pilló siendo muy joven. Ahora he madurado.
Supongo que puedo bloquearme un poco. Y será comprensible. ¿Qué hacer? Lo único
que miro es dentro de mí y sentir lo que siento sin intentar cambiar nada.
Aceptación y autocontrol y avanzar en la vida. Estancarse es muy apetecible. Te
quedas quieto y te abandonas. Pero, es un juego muy peligroso. Lo he visto. Te
deterioras poco a poco y pierdes fuerza, ganas y te desanimas completamente. ¿Y
alguien me avisa? Mi propia autoestima.
¿Y cómo
mejorar? Autopercepción.
Verónica
No hay comentarios:
Publicar un comentario